Blog de Juan José Ortega

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Del libro a la Tablet, la digitalización forzada del sistema educativo.

Si la digitalización puso patas arriba el mundo laboral, el educativo vivió un auténtico terremoto del que aún trata de recuperarse este curso académico.

A mitad del mes de marzo del pasado año, los jóvenes tuvieron que dejar las aulas y aparcar los libros para cambiarlos por los ordenadores. Zoom, Microsoft Teams o Google Classroom fueron algunas de las herramientas que ayudaron a continuar con las clases. El gigante de los buscadores abrió en 2014 su herramienta educativa, que permite gestionar el aprendizaje a distancia.

En esa plataforma, los alumnos pueden acceder desde diferentes dispositivos facilitando el acceso sin importar el lugar ni la hora. A su vez, los profesores pueden incluir diferentes recursos multimedia adjuntos, ya sean vídeos de Youtube, enlaces a otras páginas web o documentos de Drive. Entre las universidades, Moodle es la plataforma preferida. Un importante número de centros superiores hacen uso de este sistema colaborativo donde estudiantes y docentes participan activamente en el proceso.

No obstante, muchos profesores acabaron optando por las míticas fichas para continuar con las tareas educativas, que eran supervisadas a través de fotos intercambiadas por correo electrónico o, incluso, por Whatsapp.

Según un estudio del Alto Comisionado para la Lucha contra la Pobreza Infantil, uno de cada cinco niños del primer cuartil de renta vive en un hogar sin ordenador (20%), en comparación con el 0,9% del cuarto cuartil, es decir, la falta de acceso a un ordenador es casi 20 veces mayor en los hogares más pobres.

A pesar de contar, en una mayoría de los casos, con las herramientas necesarias para la digitalización de la educación, los expertos apuntan que el objetivo no es recrear en digital el aula, sino que lo más adecuado es proporcionar a los estudiantes un acceso temporal a los educadores, sus lecciones y los recursos de la escuela de forma rápida y segura.

La presencialidad en el aula permite una regularidad en el acceso a la información, junto a una privacidad y seguridad en el acceso al contenido educativo, que no son fáciles de sustituir.

La rápida digitalización sin plan previo provocó que el uso de dispositivos tecnológicos personales se convirtiera en el vehículo perfecto para acceder a las clases. Portátiles, ordenadores de sobremesa, ‘tablets’ o ‘smartphones’ que por su uso doméstico carecen de soluciones de ciberseguridad adaptadas al entorno escolar y, por lo tanto, permiten a los ‘hackers’ explotar fácilmente sus vulnerabilidades

Factor de ciberriesgo

El propio factor humano añade una capa adicional de ciberriesgo al aprendizaje en remoto. De hecho, es muy probable que los convivientes compartan dispositivos y contraseñas, hagan clic en un enlace de un correo electrónico de suplantación de identidad o descarguen aplicaciones no autorizadas y peligrosas.

La concienciación es por ello un elemento básico. Es clave formar a los usuarios sobre los métodos adecuados de protección de contraseñas, cómo aplicar los parches en los dispositivos, cómo descargar aplicaciones o cómo actuar, por ejemplo, ante el ‘phishing’.

Ciberseguridad, la asignatura pendiente

En 2020 también quedaron al descubierto los fallos en los sistemas de ciberseguridad de las organizaciones educativas, que aún tienen pendiente reforzar sus sistemas para prevenir este tipo de ataques y realizar las inversiones necesarias para garantizar la privacidad de los datos. Además, para asegurar la disponibilidad de la plataforma de educación ‘online’ deben proteger las herramientas que usen, como las redes privadas virtuales (VPN), fomentando entornos en la nube que faciliten la agilidad, garantizando además una gestión y almacenamiento seguros del material didáctico.

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